
Cada vez estamos más rodeados, y todo se nos viene encima sin interrupción. Felizmente, el tiempo empieza a mejorar. Apenas llueve ya más de nueve horas de cada doce, y de aquí a un mes podremos contar con refuerzos llegados por avión. Nos quedan víveres para tres días.
VII
Los aviones empiezan a lanzarnos fardos con paracaídas. He sufrido una decepción al abrir el primero. Dentro no había más que un surtido de medicamentos. Se los he cambiado al doctor por dos tabletas de chocolate de avellanas del bueno, no de esa guarrada de las raciones, y por medio frasco de coñac, pero se ha desquitado arreglándome el pie chafado. Le he tenido que devolver el coñac, pues sin ello en este momento no tendría más que un pie. Otra vez zumbidos en las alturas. Se produce un pequeño claro, y vuelven a lanzar paracaídas, pero esta vez parece que es gente.
VIII
En efecto, era gente. Hay dos que resultan chocantes. Al parecer se han pasado todo el trayecto haciéndose llaves de judo, soltándose castañazos y revolcándose por debajo de todos los asientos. Han saltado al mismo tiempo, y entonces se han puesto a jugar a cortarse, con el machete, las cuerdas de sus paracaídas. Por desgracia, el viento les ha separado. Entonces se han visto obligados a continuar disparando los fusiles. Rara vez he llegado a ver tan buenos tiradores. En este momento están enterrándolos, pues han caído desde demasiado alto.
IX
Estamos rodeados.
