No sabíamos si era de las nuestras o de las del otro lado, pero debajo del barro no se arriesga nada con disparar porque resulta imposible hacer daño, dado que los fusiles explotan en el acto. Lo hemos ensayado todo para intentar librarnos de este lodo. Incluso le hemos derramado gasolina encima. Al arder lo seca, desde luego, pero después se quema uno los pies si pasa por encima de él. La verdadera solución consiste en excavar hasta tierra firme, pero resulta todavía más dificultoso hacer patrullas por ella que hacerlas por el barro. Mejor o peor, acabaremos por acostumbrarnos. Lo fastidioso es que ha llegado a haber tanto que hasta se producen mareas. En este momento, por fortuna, llega a la altura de la valla. Pero por desgracia, dentro de un rato subirá de nuevo hasta el primer piso, lo que no deja de ser desagradable.

VI

Esta mañana me ha ocurrido una inmunda aventura. Estaba bajo el hangar, detrás del barracón, preparándoles una buena broma a los dos individuos que podía divisar perfectamente con los gemelos mientras, a su vez, intentaban localizarnos. Tenía conmigo un pequeño mortero del 81 y estaba acomodándolo en un cochecito de niño, y Johnny, por su parte, debía disfrazarse de campesina para empujarlo. Pero, para empezar, el mortero vino a caérseme encima de un pie. Es lo que me pasa siempre al llegar a ese momento de la maniobra, aunque en este caso el chupinazo ha salido mientras yo me repantigaba agarrándome el pie, y una de esas cosas con aletas en la cola ha ido a reventar en el segundo piso, justo en el piano del capitán, quien estaba interpretando Jada. El asunto ha hecho un ruido del infierno. El piano ha quedado destrozado, pero lo más fastidioso ha sido que al capitán no le había pasado nada, o en todo caso, nada suficientemente grave como para impedirle golpear duro. Felizmente, casi inmediatamente después, uno del 88 ha venido a estallar en la misma habitación. Sin reparar en que los otros debían haberse guiado por el humo producido por el primer impacto, me ha dado las gracias diciendo que le había salvado la vida al hacerle bajar. Para mí la cosa carecía ya por completo de interés a causa de mis dos dientes rotos, y también porque todas sus botellas estaban justo debajo del piano.



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