
VI
Esta mañana me ha ocurrido una inmunda aventura. Estaba bajo el hangar, detrás del barracón, preparándoles una buena broma a los dos individuos que podía divisar perfectamente con los gemelos mientras, a su vez, intentaban localizarnos. Tenía conmigo un pequeño mortero del 81 y estaba acomodándolo en un cochecito de niño, y Johnny, por su parte, debía disfrazarse de campesina para empujarlo. Pero, para empezar, el mortero vino a caérseme encima de un pie. Es lo que me pasa siempre al llegar a ese momento de la maniobra, aunque en este caso el chupinazo ha salido mientras yo me repantigaba agarrándome el pie, y una de esas cosas con aletas en la cola ha ido a reventar en el segundo piso, justo en el piano del capitán, quien estaba interpretando Jada. El asunto ha hecho un ruido del infierno. El piano ha quedado destrozado, pero lo más fastidioso ha sido que al capitán no le había pasado nada, o en todo caso, nada suficientemente grave como para impedirle golpear duro. Felizmente, casi inmediatamente después, uno del 88 ha venido a estallar en la misma habitación. Sin reparar en que los otros debían haberse guiado por el humo producido por el primer impacto, me ha dado las gracias diciendo que le había salvado la vida al hacerle bajar. Para mí la cosa carecía ya por completo de interés a causa de mis dos dientes rotos, y también porque todas sus botellas estaban justo debajo del piano.
