
V
Paton entró en primer lugar. Lune le seguía de cerca. Recorrieron el muro de ladrillo machacado y llegaron a la brecha cuidadosamente mantenida por el vigilante para evitar que los ladrones degradasen el muro al escalarlo. Pasaron por ella. La brecha daba a un estrecho sendero provisto, a una y otra parte, de alambradas de púas que sólo dejaban a los ladrones la posibilidad de adentrarse por el camino marcado. En el suelo, aquí y allá, se habían acondicionado agujeros para permitir a los polis agazaparse y apuntar con cuidado. Lune y Paton escogieron uno de dos plazas. Se instalaron cómodamente en él, y todavía no habían transcurrido dos minutos cuando llegó a sus oídos el ruido del motor del autobús que traía a los ladrones a pie de obra. Oyeron, en efecto, el tintineo de la campanilla, y los primeros ratas aparecieron en la brecha. Lune y Paton se cubrieron los ojos para no verlos. Resultaba más divertido cargárselos al regreso. Pasaron. Iban todos descalzos, a causa del ruido y también porque los zapatos son caros. Habían pasado ya.
– Confiesa que te gustaría más estar con ella -dijo Paton.
– Sí -dijo Lune-. No sé lo que me pasa. Debo estar enamorado.
– Ya te lo he dicho -confirmó Paton-. Además, le haces regalos.
– Sí -dijo Lune-, Le he regalado un brazalete de abeto azul. Se puso muy contenta.
– Se contenta con poco -dijo Paton-. Ya no se llevan.
– ¿Quién te lo ha dicho? -preguntó Lune.
– Eso no te incumbe -dijo Paton-. ¿Le metes mano cuando estás con ella?
– Cállate -dijo Lune-. No se debe bromear con eso.
– Siempre has tenido debilidad por las rubias -dijo Paton-, Pero se te pasará, como con las otras. Es muy flaca.
– Habla de otra cosa -dijo Lune-. Tampoco me gusta que digas eso.
– Me aburres -dijo Paton-. Acabarás perdiendo puestos en la Escuela si no piensas más que en ella.
