
– No -dijo Lune-. ¡Atención, ahí vuelven…!
Dejaron pasar al primero, un señor calvo que se llevaba un saco de ratones en almíbar. A continuación, Paton disparó. Uno muy flaco cayó haciendo «¡cuic…!», y sus paquetes rodaron por el suelo. Paton acabó de darle su merecido, y Lune disparó a su vez. Consiguió alcanzar a dos, pero volvieron a levantarse y lograron llegar a la brecha. Lune echaba pestes como un verdadero demonio, y la pistola de Paton se encasquilló. Otros tres se escabulleron delante de sus narices. Una mujer venía en último lugar, y Lune, furioso, vació su cargador sobre ella, mientras que Paton salía del agujero para completar el trabajo. Pero ya estaba muerta del todo. Una rubia muy linda. En sus desnudos pies, la sangre barnizaba las uñas de rojo y lucía un flamante brazalete de abeto azul en la muñeca izquierda. Era muy flaca. Debía de haber muerto en ayunas, lo que resulta mejor para la salud.
El viaje a Khonostrov
I
La locomotora lanzó un grito estridente. El maquinista comprendió que el freno actuaba con demasiada fuerza y giró la manivela en el buen sentido, al mismo tiempo que un hombre con gorra blanca silbaba a su vez para decir la última palabra. El tren se puso en marcha lentamente. La estación estaba húmeda y oscura y no le apetecía quedarse en ella.
Había seis personas en el departamento, cuatro hombres y dos mujeres. Cinco de entre ellas intercambiaban vocablos, pero la sexta no. Partiendo de la ventana, en el asiento de enfrente y de izquierda a derecha, estaban Jacques, Raymond, Brice y una joven rubia muy bonita, Corinne. Frente a ésta se sentaba un hombre cuyo nombre no conocía nadie, Saturne Lamiel, y, frente a Raymond, otra mujer, morena, no demasiado guapa, pero que enseñaba las piernas. Se llamaba Garamuche.
– El tren vuelve a ponerse en marcha -dijo Jacques.
