IV

– ¿Vuelves a verla hoy? -preguntó Paton.

– No -dijo Lune-, Me ha dicho que no podía. ¡Qué día tan asqueroso!

Estaban de guardia ante la puerta del Ministerio de Pérdidas y Ganancias.

– Aquí no entra nadie -dijo Lune-. Es algo…

Se interrumpió porque una anciana le estaba dirigiendo la palabra.

– Perdón, señor. ¿La calle Dezecole?

– ¡Dale! -dijo Lune.

Y Paton descargó un gran golpe con la porra sobre la cabeza de la dama. A continuación la colocaron pegada al muro.

– ¡Vieja marrana! -dijo Lune-, ¿No podía hablarme por el lado izquierdo, como todo el mundo? En fin… por lo menos nos hemos distraído -concluyó.

Paton limpiaba su porra con un pañuelo a cuadros.

– ¿A qué se dedica tu chica? -preguntó.

– No lo sé -dijo Lune-. Pero es muy simpática, ¿sabes…?

– ¿O sea que… bien? -preguntó Paton.

Lune se sonrojó.

– Eres asqueroso. No comprendes los sentimientos en absoluto.

– El caso es que no la ves esta tarde, ¿no? -dijo Paton.

– No -dijo Lune-. ¿Qué podría hacer para entretener la velada?

– Si quieres podemos ir a los Almacenes Generales -dijo Paton-, Siempre hay gente que acude a birlar comestibles.

– No estamos de servicio -dijo Lune.

– No importa, bastará con que vayamos -dijo Paton-, Resulta divertido, y siempre tendremos oportunidad de detener a alguien. Claro que, si lo prefieres, podemos ir al…

– Paton -dijo Lune-, no creí que fueras tan cerdo. ¿Es que acaso no te das cuenta? No podría hacer eso en estos momentos.

– Estás sonado -dijo Paton-. Bueno, no quiero ponerme pesado. Iremos a los Almacenes Generales. Pero llévate el iguala-cristianos, tal vez hasta consigamos hacer algún blanco.

– ¡Cómo que alguno! -dijo Lune, muy excitado-. Por lo menos nos cargamos a dos docenas…

– Me parece que te has enamorado en serio -dijo Paton.



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