Emitiendo un chillido, éste aflojó su presa. Describiendo un arco de lemniscata velada, hizo impacto de lleno en el escaparate de los libros. Sin prestar atención más que a su propio valor, Lune empezó a tocar el silbato con todas sus fuerzas y se precipitó sobre el joven. Le sacó por los pies a través del agujero y empezó a golpearle un poco la cabeza contra la farola de gas más cercana. Un grueso trozo de vidrio clavado en la espalda del niño reflejaba la luz del sol, y la nacha luminosa danzaba sobre la abrasada acera.

– ¡Otro fascista! -dijo Paton, que llegaba en aquel momento.

Un empleado de la librería se acercó a ellos.

– Quizás haya sido un accidente -dijo-. Parece demasiado joven para ser fascista.

– ¡Qué dice! -exclamó Lune-. ¡Lo he visto…! ¡Lo ha hecho a propósito!

– Hummm… -dijo el empleado.

Furioso, Lune soltó al niño.

– ¿Va a enseñarme mi oficio…? Me las veré con usted, si insiste.

– Sí -dijo el empleado.

Recogió del suelo al muchacho y entró en la librería.

– ¡Qué cerdo! -dijo Paton-. ¡Vas a ver lo que le cuesta esto!

– Imagina… -dijo Lune con satisfacción-. Un ascenso en perspectiva… ¡Y quizás hasta podamos recuperar al fascista para la Escuela…!

III

– Día aburrido el de hoy -dijo Paton.

– Sí -dijo Lune-. ¿Recuerdas la semana pasada?

– Tendremos que hacer algo -dijo Lune-. Si nos ocurriese algo una vez por semana… sería cojonudo…

– Sí -dijo Paton-, ¡Oh…! ¡Mira…!

Había dos muchachas muy atractivas en el cafetín de al lado.

– ¿Qué hora es? -dijo Lune.

– Diez minutos más, y se acabó -dijo Paton.

– ¡Zorritas lindas! -dijo Lune, que seguía mirando a las chicas-, ¿Echamos un trago?

– Sí -dijo Paton.



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