
– ¡Otro fascista! -dijo Paton, que llegaba en aquel momento.
Un empleado de la librería se acercó a ellos.
– Quizás haya sido un accidente -dijo-. Parece demasiado joven para ser fascista.
– ¡Qué dice! -exclamó Lune-. ¡Lo he visto…! ¡Lo ha hecho a propósito!
– Hummm… -dijo el empleado.
Furioso, Lune soltó al niño.
– ¿Va a enseñarme mi oficio…? Me las veré con usted, si insiste.
– Sí -dijo el empleado.
Recogió del suelo al muchacho y entró en la librería.
– ¡Qué cerdo! -dijo Paton-. ¡Vas a ver lo que le cuesta esto!
– Imagina… -dijo Lune con satisfacción-. Un ascenso en perspectiva… ¡Y quizás hasta podamos recuperar al fascista para la Escuela…!
III
– Día aburrido el de hoy -dijo Paton.
– Sí -dijo Lune-. ¿Recuerdas la semana pasada?
– Tendremos que hacer algo -dijo Lune-. Si nos ocurriese algo una vez por semana… sería cojonudo…
– Sí -dijo Paton-, ¡Oh…! ¡Mira…!
Había dos muchachas muy atractivas en el cafetín de al lado.
– ¿Qué hora es? -dijo Lune.
– Diez minutos más, y se acabó -dijo Paton.
– ¡Zorritas lindas! -dijo Lune, que seguía mirando a las chicas-, ¿Echamos un trago?
– Sí -dijo Paton.
