Dejaron de hablar, pues la sopa llegaba. Lune agarró el cazo y lo hundió en la marmita. Se trataba de sopa de macho cabrío con grasa sobrenadando. Se sirvieron abundantes raciones.

II

Lune estaba de plantón delante del edificio del Partido Conformista. Miraba los libros del escaparate, y sus títulos le producían dolor de cabeza. Jamás leía más que su breviario de poli, con los cuatro mil casos de contradanza a aprender de memoria, desde pipí en la calle hasta hablarle a un poli demasiado cerca. La lectura del breviario conseguía enderezarle impepinablemente tan pronto como llegaba a la página 50, cuya ilustración mostraba a un individuo atravesando una gran avenida por fuera de los tachones. Cada vez que llegaba a ella escupía de asco, en el suelo, y pasaba la página con furor para volver a serenarse a la vista del «buen poli» de refulgente botonadura cuyo retrato adornaba la siguiente. Por una curiosa casualidad, el tal «buen poli» se parecía a su compañero Paton, que en aquel momento estaba dando los paseítos reglamentarios junto a la otra fachada del inmueble.

Desde lejos bajaba por la calle un aparatoso vehículo cargado de viguetas de acero al barbaudium. Un pequeño aprendiz venía encaramado en el extremo de la más larga, que bailaba, por la parte de atrás, en el vacío. El muchacho agitaba sin cesar un gran trapo rojo para asustar a la gente, pero las ranas atraídas, se precipitaban sobre él desde todas partes, y el desdichado chico se debatía sin descanso contra sus viscosas pieles. El camión saltaba sobre sus cuatro neumáticos duros y negros, y el mozo botaba como si estuviera sobre una raqueta. El camión pasó por delante del edificio. Sobrevino un traqueteo más intenso que los demás y, justo en el mismo momento, una hermosa ranita de color verde espinaca se coló, por el cuello de su camisa, hasta la axila del muchacho.



15 из 152