
I
Lune y Paton bajaron la escalera de la Escuela de Polis. Salían de clase de Anatomía y se disponían a almorzar antes de reanudar su período de prueba delante del edificio del Partido Conformista, cuyos escaparates acababan de ser destrozados por unos despreciables energúmenos armados con bastones nudosos. Agitaban alegremente sus esclavinas azules sin dejar de silbar una marcha poli, la que se acompasa cada tres tiempos con un buen golpe de porra blanca sobre el muslo del compañero, y que, por tal razón, debe ser ejecutada preferiblemente por un número par de polis. Doblando al llegar al final de la escalera, tomaron el pasillo abovedado del refectorio. Bajo las antiguas piedras la marcha resonaba de manera curiosa, pues la melodía entraba en vibración cada la bemol 4, nota que en el tema completo no se repetía menos de trescientas treinta y seis veces. A la izquierda, en el patio oblongo y plantado de árboles encalados, otros futuros polis realizaban ejercicios de adiestramiento, jugando al corta-furcias-en-rodajas, estudiando la contradanza en su tránsito hacia la sombra y golpeando calabazas que debían rajar de un solo mamporro con sus porras verdes de ejercicio. Lune y Paton no prestaron la menor atención a dicho espectáculo, en el que participaban como actores todos los días excepto los jueves, en que los polis descansan.
Lune empujó el portón del refectorio y entró el primero. Paton esperó un minuto para darse tiempo a terminar la marcha poli, pues silbaba con menos rapidez que Lune. Por otras puertas llegaban los demás alumnos de la Escuela en grupos de dos o de tres, muy animados porque había habido exámenes el día anterior y esa misma mañana.
Lune y Paton se dirigieron hacia la mesa siete, donde encontraron a Arrelent y Poland, dos de los polis más atrasados de la Escuela, cosa que compensaban con un tupé poco común. Se sentaron todos entre un estrépito de sillas aplastadas.
