
XI
Cuando se sale de los almacenes de la Cruz Roja con una caja de cartón para meter los cigarrillos, el jabón, los dulces y los periódicos, uno siente que por la calle le siguen con los ojos, y no comprendo por qué, pues seguramente ellos venden bastante caro su coñac como para poder comprar también, y sus mujeres tampoco salen regaladas. Mi pie está casi por completo curado. No creo que vaya a quedarme todavía mucho tiempo aquí. He vendido los cigarrillos para poder salir un poco, y después me he dedicado a gorronearle a Mac, pero éste no los suelta fácilmente. Empiezo a aburrirme. Esta tarde voy al cine con Jacqueline. A ésta la encontré ayer por la noche en el club, pero creo que no es demasiado inteligente porque me retira la mano sin parar y no se mueve ni una pizca bailando. Los soldados de aquí me horrorizan. Van demasiado despechugados y no hay dos que lleven el mismo uniforme. En fin, nada que hacer salvo esperar que llegue la tarde.
XII
De nuevo aquí. En cualquier caso, uno se aburría menos en la ciudad. Avanzamos muy lentamente. Cada vez que hemos terminado la preparación artillera, enviamos una patrulla, y uno de los tipos de la patrulla vuelve, cada vez, desmochado por un francotirador. Entonces volvemos a empezar la preparación de artillería, enviamos aviones que lo tumban todo, y dos minutos después los francotiradores han vuelto a empezar a disparar. En este momento regresan los aviones. Cuento hasta setenta y dos. No se trata de aviones grandes, pero es que el pueblo es pequeño. Desde aquí pueden verse las bombas cayendo en espiral, y la cosa produce un ruido como sofocado, con hermosas columnas de polvo. Vamos a volver a atacar, pero antes tendremos que enviar una patrulla.
