Desde donde estábamos, nuestra varada barcaza tenía al principio una apariencia completamente idiota, y después ni siquiera la apariencia de una barcaza cuando dos obuses le han caído encima. La cosa no me ha hecho gracia, porque todavía quedaban dos amigos en su interior, con las balas recibidas al incorporarse para saltar. He tocado en el hombro a los tres que disparaban conmigo, y les he dicho:

– Venid, vamos.

Por supuesto, les he dejado pasar delante, y he resultado previsor porque el primero y el segundo han sido abatidos por los dos tipos que tiraban a cubierto sobre nosotros. Delante de mí sólo quedaba ya uno, pobre tipo, y tampoco ha tenido suerte, pues tan pronto como se había deshecho del peor de los otros, su compañero ha tenido el tiempo justo de matarle antes de que, a mi vez, yo me ocupase de él.

Esos dos cerdos que estaban detrás de la esquina tenían una ametralladora y montones de cartuchos. La he orientado en la otra dirección y he apretado, pero me he detenido en seguida porque la cosa me rompía los oídos y, también, porque acababa de encasquillarse. Deben estar ajustadas para no disparar hacia donde no les corresponde.

Allí me sentía más o menos tranquilo. Desde lo alto de la playa se podía disfrutar de la vista. Sobre el mar, la cosa humeaba por todas partes, y el agua centelleaba muy fuerte. Se veían también los relámpagos de las salvas de los grandes acorazados, y sus obuses pasaban por encima de la cabeza con un curioso ruido sordo, como un cilindro de sonido grave horadado en el aire.

El capitán ha llegado. Quedábamos exactamente once. Ha dicho que no era mucho, pero que nos las arreglaríamos en cualquier caso. Más tarde hemos recibido refuerzos. Pero, de momento, nos ha ordenado excavar agujeros. Para dormir, yo pensaba, pero no. Hubo que meterse dentro y seguir disparando.



2 из 152